Eragon, 2006, EE.UU. Género: Fantasía. Duración: 104 min. Director: Stefen Fangmeier. Escritores: Peter Buchman, Christopher Paolini (novela) Actores: Edward Speleers, Jeremy Irons, Sienna Guillory, Robert Carlyle, John Malkovich, Djimon Hounsou, Rachel Weisz. Música: Patrick Doyle.
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Valoración:
Lo mejor: ¡Que dura poco! Y la magnífica interpretación de Jeremy Irons.
Lo peor: Todo lo demás.
Mejores momentos: Cuando sales del cine diciendo: ¡por fin se ha acabado!
La pregunta: ¿Cómo es posible que la dragona no pueda levantar tres personas pero sí una armadura completa de cabeza a cola que debe de pesar más de quinientos quilos?
No he llegado a leer la novela, no me atrevo con una descarada copia de El Señor de los Anillos escrita por un quinceañero (Christopher Paolini), publicada por su padres (sino, nos habríamos salvado de todo esto) y convertida en best-seller por la moda actual de la fantasía y una buena campaña publicitaria. Los que si lo han hecho me comentan que la película no es todo lo fiel que podría haber sido, pero tampoco me importa, porque una vez se traspasa un límite de calidad aceptable, la fidelidad casi es menos importante que la urgente necesidad de olvidar cuanto antes la adaptación y hacer como si no existiera. Porque Eragon es una de las peores muestras del cine reciente, una producción realizada con una dejadez pasmosa desde el guión a la realización, pasando por el casting. Cuando un género se pone de moda y se explota con prisas y ansias comerciales, esto es lo que ocurre. Espero que el boca a boca nos salve de las interminables ediciones en DVD y las secuelas pertinentes.
Eragon está construida con un guión (Peter Buchman) lamentable que no es capaz de hilvanar la historia del mundo creado con la aventura del héroe de forma concisa y dinámica, y sus diálogos parecen escritos por un alumno de preescolar. Además, el tufillo a El Señor de los Anillos y a La Guerra de las Galaxias (sigue a Una nueva esperanza paso a paso y personaje a personaje) es constante y no ayuda porque todo suena a visto. Las cosas van sucediendo porque sí en pequeños capítulos, haciendo que la trama avance a trompicones, de forma bacheada y a veces irrisoria (el personaje aprendiendo la magia sin más, y utilizándola como si hubiera sido entrenado para ello).
La tosca introducción al mundo imaginario en el prólogo ya augura una película de mínima calidad. El siguiente paso, hacer llegar al futuro héroe la revelación y la responsabilidad, con ese huevo-Silmaril que se teletransporta no se sabe cómo (¿por qué no emplea la chica ese truco antes de toda esa difícil huída?) hasta su granero, se hace simplón y aburrido. La aceptación del destino es ridícula, el chico lo hace sin conocimiento, sin motivación, apuntándose a todas las imposibles hazañas como si estuviera cazando un ciervo. El aprendizaje de la historia en la que se ve envuelto es tan torpe que no se llega a saber por qué lucha cada personaje y facción, y la presencia del interesante mentor, Brom (una gran interpretación de Jeremy Irons, lo único aceptable de este bodrio), apenas basta para cubrir tantos vacíos. La presencia de los enemigos es tan fugaz como soporífera: el mago no tiene carácter, y el Enemigo, Galbatorix (se ve que al autor le gustaba Astérix y Obélix además de Tolkien) es insípido, tan sólo tiene un par de planos. Hacia el final se produce una aceleración de los acontecimientos que desencadena una batalla en la que no se sabe apenas quién lucha y por qué (sabemos que hay una copia humana de los orcos y una especie de árabes, y poco más), tan confusa como monótona.
La dirección del desconocido Stefen Fangmeier, la primera labor tras las cámaras de este especialista en efectos especiales, varía entre lo correcto para una superproducción (grandes planos del entorno) y lo peor de la peor producción televisiva, con mediocres usos de la fotografía y del montaje en las conversaciones entre personajes; pero aún se torna más insufrible en el tramo final, cuando la acción de la batalla hace acto de presencia: uno de los peores trabajos de edición que he llegado a ver, sumado a que el director no sabe dónde situar la cámara ni mover a los personajes para confeccionar la narración, además del constante afán de imitar a otras sagas (la pelea en el aire a lo Neo contra Smith de la tan criticada Matrix Relodaded), se traducen en un conflicto que se olvida a medida que se va viendo. La sensación de que se está ante una producción tipo miniserie para las tardes de sábado de Antena 3 o Tele 5 es constante.
El presupuesto, estimado en cien millones, no luce en ningún momento. Hay muchos planos aéreos, lógico teniendo en cuenta que los protagonistas vuelan muchas veces; resultan bonitos por los paisajes, pero esquemáticos en forma, pues siguen siempre el mismo estilo de movimiento circular y acercamiento al personaje. En cambio los decorados son más que mínimos: la aldea Eragon son cuatro tablones sacados de Xena, la guarida de malo un pasillo y un mapa (resulta realmente ridícula, sin presencia alguna), el refugio de los buenos (imposible recordar esos nombres tan infantiles y cutres y tan mal presentados) se transforma de cuevas cuando el protagonista llega a una inmensa ciudad de piedra que no parece terminar nunca cuando la batalla se desarrolla. El vestuario no está mal, pero no tiene personalidad, y el aspecto de mezcolanza musulmana del ejército de Djimon Hounsou parece una fiesta de pijamas. La dragona digital está bien conseguida: la definición es muy buena y la relación con el entorno correcta; en cambio el diseño parece una mezcla entre muñequito Disney y gallina de corral con pintura azul, y su digievolución produce carcajadas.
En cuanto a los actores, cabe preguntarse cómo es posible que tras un exhaustivo casting no hallaran un chaval medianamente aceptable para el papel protagonista. Estamos ante un caso peor que el de Hayden Christensen en las dos últimas entregas de La Guerra de las Galaxias, con la elección de un joven (Edward Speleers) que no tiene experiencia alguna, algo que queda plasmado en cada línea de diálogo: su falta de expresividad es exasperante, sus vagos intentos de mostrar alegría o miedo se limitan a mirar fijamente, y encima muchas veces agacha o gira la cabeza como un crío que olvida sus frases y trata de recordarlas para luego escupirlas sin énfasis alguno. Verlo al lado de un inmenso Jeremy Irons produce verdadera lástima. El resto de actores no tiene presencia como para comentar mucho: la muchachuela elfa (Sienna Guillory) no pasa de ser un rostro bello, Djimon Hounsou tiene tres frases y John Malkovich es el enemigo con menos segundos de metraje que se ha visto nunca. En cuanto a la voz de la dragona, en versión original encargada a Rachel Weisz, en castellano suena muy cursi y apagada, no llega a transmitir nada.
Una auténtica pérdida de tiempo, dinero y neuronas.